Roxana Kreimer

Hacer una valija

Hacer una valija es un ejercicio filosófico. Elegir algunas cosas. Renunciar a otras. Aligerar la carga. Vaciarse para dar lugar a nuevas experiencias. Desapegarse. Intuir adversidades. Correr riesgos. Estar en situación de perderlo todo.

La primera vez que hacemos una valija la llenamos de cosas prescindibles. Llevamos quince prendas y usamos dos. Cargamos diez libros pero leemos uno. Al llegar a destino hay tantos objetos de más que difícilmente encontremos algo. Si buscamos el repelente aparecen las pastillas para el dolor de garganta. Si necesitamos algodón nos topamos con las polainas. Hacer las valijas también forma parte del viaje. Es un arte, y de los más arduos. Aunque no iniciemos un viaje, todos deberíamos hacer una valija de vez en cuando. Prescindir de lo superfluo e introducir en ella lo que más nos importa en la vida: los afectos, las experiencias que repetiríamos una y otra vez, los ideales, la música, los aromas, los sabores, los pequeños gestos.

Y no deberíamos perderla de vista. Ninguna otra persona nos la puede robar. Yo todavía no aprendí a hacer bien una valija. Pero la de este año es mejor que la del anterior. Tiene menos objetos, más espacio. Hacer las valijas también forma parte del viaje. Es un arte, y de los más arduos. Platón sugirió que filosofar es aprender a morir. Mejor sería que consistiera en hacer bien una valija.

La lección de filosofía del boxeador

A Sebastián “el Gaucho” Heiland lo declararon vencedor en una pelea por puntos y, cuando le levantaron el brazo en señal de victoria, proclamó que el ganador era su rival. “Yo no gané, ganó él”, dijo el boxeador mientras levantaba el brazo de Sergio Sanders. Para la mayoría, se trataba de un empate, para algunos había ganado Sanders, y para muy pocos Heiland era el vencedor.

A juzgar por las conductas ventajeras que desfilan ante nuestros ojos cotidianamente, el gesto de Heiland es sorprendente y merece ser divulgado, incluso más allá del juicio que nos merezca la práctica del boxeo en sí misma. Imitar una buena acción puede ser más útil que leer varios tratados de filosofía.

Si la admiración por un gesto semejante nos hace considerarlo propio de otro mundo, difícilmente lleguemos a reconocer que todo ser humano tiene disposiciones que le permiten actuar con justicia en favor del bien común, incluso cuando no las ejercite con frecuencia. Recientes investigaciones de Dan Ariely, reflejadas en su libro Por qué mentimos, revelan que la mayor parte de las personas hacen un poco de trampa cuando tienen ocasión. Por ejemplo, se quedan con una birome que no es suya, o con un pequeño vuelto. Una minoría trampea a lo grande, y otra procede de acuerdo a las normas establecidas. ¿Por qué la mayoría hace solo “un poco” de trampa? Según Ariely, porque todavía nos importa la imagen que tenemos de nosotros mismos. Esa dignidad que para Heiland tenía un único pero valioso espectador: su propia conciencia.

Su “fracaso” fue una oportunidad para cultivar la justicia, la más excelente de las virtudes. Por eso declaró: “Yo aprendo más con las derrotas que con las victorias y le quiero decir la verdad a mi gente”.

Su gesto revela otra disposición que está presente en todos nosotros: aunque creemos que preferimos los atajos, las recetas fáciles, a menudo optamos por el esfuerzo y no nos gusta que nos regalen nada. ¿Si no, cómo se explica que los alpinistas prefieran llegar a la cima de la montaña y no comprarse una postal con el mismo paisaje? ¿Cómo se entiende que, tal como muestran diversas investigaciones de las que da cuenta Mihály Csíkszentmihályi en su libro Fluir, la mayor parte de las personas disfruten más con una tarea que les plantea un desafío óptimo que con una actividad pasiva como tomarse un trago mirando el mar?

El gesto de Heiland podría inspirarnos para ser imparciales allí donde la conveniencia, el amor propio o las afinidades distorsionan nuestro juicio. Por ejemplo, cuando criticamos el afiche del candidato que no nos gusta y jamás el del que hemos de votar. O cuando desestimamos un proyecto de ley solo porque lo promueve un partido que no goza de nuestra simpatía, no apoyamos una idea solo porque no se nos ocurrió a nosotros, no aceptamos que una crítica es una oportunidad para enmendar errores, no nos disculpamos para no reconocer abiertamente una falta o cuando nada que provenga de una persona que hirió nuestro amor propio nos parece aceptable.

En toda transacción, ser justo implica ponernos en el lugar del otro con todo lo que sabemos y decidir si la aprobaríamos. Es cumplir con las condiciones que habrían podido consentir los iguales, ya que cuando las leyes promueven el beneficio común, lo que llamamos justicia es lo que tiende a producir o a conservar el bienestar de una asociación política.

La derrota del boxeador es la victoria del hombre. Porque no son los puñetazos sino las virtudes las que nos permiten ejercer plenamente nuestro oficio humano.

La filosofía según Kant Understand

Para resolver el arduo problema que plantea el artículo anterior, la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel a Kant Understand por su libro ¿Qué diablos quiso decir el filósofo?, un trabajo que muestra cómo a lo largo de la historia algunos filósofos han persuadido exitosamente a su audiencia de que las estupideces que dicen en realidad son grandes ideas. Kant Understand analiza frases como “La nada nadea”, de Martin Heidegger, a la que cuestiona que un cuantificador como “nada” pueda ser tratado como si fuera una cosa o un sujeto que desarrolla acciones (“nadear”). También desmenuza una frase de Hegel que dice: “Si el Ser y la Nada tuvieran una cierta determinación, serían un cierto Ser y una cierta Nada, no el puro Ser o la pura Nada como todavía son acá”. Y otra de Derrida, que dice: “Comenzaré: es otra manera de decir que haré todo lo que pueda para reducir el deslizamiento”.

Kant Understand descubrió el significado de la frase de Gorgias, el sofista, cuando dijo “Nada existe, y si algo existe, no podemos conocerlo, y si podemos conocerlo, es imposible comunicarlo”.

Los filósofos solipsistas postularon que el mundo es una emanación de nuestra mente. ¡Como si se tratara de una fantasía sexual! Algunos filósofos se han convencido a sí mismos de que no existen y —¡peor!— han convencido a otros de que no existen. Bert Christensen imaginó la etiqueta de un producto comercial escrito por un filósofo solipsista: “El consumidor debería saber que él podría ser la única entidad en el universo y, por lo tanto, si el producto tiene algún defecto, la culpa es suya”.

El argumento ontológico de San Anselmo, que Descartes repite, es muy estúpido: Dios debe existir porque puedo pensar en un ser dotado de todas las perfecciones, incluyendo la de la existencia. Confunde existencia en el pensamiento con existencia en la realidad. ¡Como si pensar en Richard Gere fuera lo mismo que estar en la cama con Richard Gere! ¡O como si pensar en ganar un millón de dólares fuera lo mismo que ganar un millón de dólares!

Kant Understand observó que todos esos conceptos dejan al lector perplejo, confundido, es decir, con lo que algunos juzgan “un profundo espíritu filosófico”. Sugiere que ciertos filósofos querrían crear un lenguaje completamente nuevo e imponérselo al resto de la sociedad. Pero como todos hablarían del mismo modo, lo encontrarían demasiado vulgar y crearían otro lenguaje con el mismo fin, pero entonces nuevamente todos hablarían igual y lo encontrarían demasiado vulgar, lo que los llevaría a crear un nuevo lenguaje, y así indefinidamente. La generación de términos oscuros es como la contraseña de las casillas de correo o de las cuentas de banco en internet: hay que cambiarlas cada mes para complicar las cosas innecesariamente.

El problema se agrava cuando el filósofo se contradice a sí mismo a lo largo de su vida. Porque, por ejemplo, cuando finalmente entendimos qué quiso decir el primer Husserl o el primer Derrida, el segundo lo contradice y hay que volver a descifrarlo.

Como señaló Voltaire, cuando el orador no sabe de qué habla y el que escucha no entiende lo que se dice, podemos afirmar: “Eso es metafísica”. Jorge Luis Borges la consideró un capítulo de la literatura fantástica. Y Cioran dijo que era como una religión, pero más estúpida.

La semana pasada un amigo fue a oír a un filósofo. Me llamó apenas salió de la charla y preguntó: “¿Es realmente bueno? ¡Porque pude entender todo lo que dijo!”

Apenas terminé la facultad yo estaba muy influida por los pensadores oscuros. Recuerdo que un día en casa sonó el teléfono y alguien dijo:

—¿Quién sos?

—No lo sé — respondí—, hace rato que me lo pregunto. No sabría qué responder. Y vos, ¿quién sos?

Mi interlocutor colgó. Hay personas muy valientes para formular preguntas pero demasiado cobardes para responderlas.

¿Por qué esos filósofos son tan oscuros? ¿Es porque la oscuridad es irrefutable, porque imitan a otros que escribieron de esa manera, como una mala traducción del alemán, porque quieren diferenciarse del resto de la gente, o porque ser oscuro es una forma de ser snob? ¿O es que son como una idishe mame, que encuentra un problema para cada solución?

“¿Por qué la escritura académica apesta?” (Why academic writing stinks?), se pregunta el psicólogo Steven Pinker en su libro The Sense of Style (El sentido del estilo). ¿Por qué predominan las abstracciones huecas, (en palabras de Pinker) el “lodo verbal”? Algunas respuestas provendrán de los mecanismos cognitivos con los que tratamos de organizar y articular pensamientos complejos.

Pinker sostiene que los académicos ocupan demasiado espacio en cuestiones irrelevantes como: 1) abrir el paraguas frente a cualquier ataque futuro, como si en un libro de recetas empezáramos definiendo qué es un huevo, 2) anunciar el orden de lo que escribirán; 3) sumergirse en las obsesiones de sus colegas, señalando quiénes estudiaron qué antes, según la escuela a la que pertenecen (narcisismo profesional), 4) pedir disculpas porque van a escribir sobre algo muy complejo, 5) utilizar matizadores (“casi”, “aparentemente”, “relativamente”, “bastante”, “en parte”), cuando mejor sería decir “el 90% piensa que...”, 6) confundir a las abstracciones con la cosa misma, tornándose incapaces de llamarlas por su nombre (“La reducción de los prejuicios” se convierte en “el modelo prejuicio-reducción“; “llamar a la policía” se convierte en “abordar este tema desde una perspectiva de aplicación de la ley”), 7) no molestarse en explicar porque ellos saben mucho sobre el tema y suponen que el otro también (maldición del conocimiento). Sugiere, por ejemplo, evitar las abreviaturas porque hacen perder mucho tiempo al lector.

La educación formal no nos enseña a escribir bien, señala, y así, “estamos haciendo perder tiempo al otro, sembrando la confusión y el error, y convirtiendo a la propia profesión en un hazmerreír”.

Otro problema es que buscando la verdad muchos filósofos se olvidan del valor de la relevancia. Investigan temas triviales, o fragmentan sus tópicos hasta diluirlos tanto que parecen drogas homeopáticas: solo agua y ningún elemento significativo. Pretenden saber más y más sobre menos y menos, y un día sabrán todo sobre nada.

Peter Boghossian sostiene que pese a haber terminado la carrera de filosofía, cuando va a los congresos no entiende lo que dicen, los ponentes hablan de temas irrelevantes, analizan un pequeño pasaje, de otro modo no recibirían becas. Los que oyen están completamente aburridos, resignados a no entender.

El tercer problema se vincula con el principio de autoridad. La filosofía nació por oposición al principio de autoridad. Su tarea es la de pensar en forma autónoma, reconociendo que algo es verdadero o falso por evidencia y razón y no porque, por ejemplo, una autoridad política o religiosa así lo asegura. A lo largo de la historia de la cultura, la filosofía ha dado evidencias de pensamiento independiente. Pero también ha estado basada en el principio de autoridad. Filósofos de primera línea han sido apreciados por sus errores.

Aristóteles creía que las mujeres tienen menos dientes que los hombres. Bertrand Russell señaló que dado que el filósofo griego se casó dos veces, es probable que nunca le haya abierto la boca a ninguna de sus dos mujeres para ver qué tenían adentro. Es un buen ejemplo de la inutilidad de la filosofía cuando rehúsa evaluar las evidencias y salta a las conclusiones con prejuicios.

Hoy la mayor parte de la filosofía académica es llevada adelante por viudas y viudos que honran durante toda su vida la memoria de su filósofo favorito. Gran cantidad de proyectos de investigación y de seminarios llevan títulos como “El concepto de A en el filósofo B”. Es como si estuvieran siempre montados a caballo de la autoridad de otros filósofos. A propósito, esta idea pertenece a un filósofo: Schopenhauer. Así es como la filosofía pierde significado y deviene una forma más de religión, un culto medieval y fetichista a la personalidad.

Cuando un filósofo cita y dice que, para Kierkegaard, las personas melancólicas tienen más sentido del humor, ¿acepta esta idea porque su intuición le dice que es correcta o porque confía en la autoridad de un filósofo? Es posible contrastar esa intuición. Podría estar equivocada. Por ejemplo, Epicteto sostuvo que para el bienestar es suficiente con tener una visión acertada sobre las cosas, más que pretender que las cosas sucedan como queremos. Son las ideas que nos formamos sobre las cosas lo que nos hace sufrir, sostenía. Como ya mencionamos, gracias a las investigaciones de Jonathan Haidt publicadas en La hipótesis de la felicidad, sabemos que esto es básicamente cierto, pero que también son necesarias en promedio otras condiciones objetivas, por ejemplo, contar con dos o tres afectos cercanos y no ser indigente.

Hasta ahora, la filosofía ha estado basada fundamentalmente en intuiciones, aunque también se ocupó de otras prácticas como el análisis de conceptos o la exploración del sentido común. La filosofía es un diálogo entre generaciones. No importa quién dijo qué sino qué ideas valiosas nos permiten comprender y transformar el mundo.